“Al margen de su condición estética (cuestión que se puede relacionar parcialmente con la noción de gusto), el arte debe ser un elemento de comunicación y de aportación crítica. A partir de esto, el arte puede tener voz en la renovación de la cultura. En todo caso, yo no lo concibo más que como un testimonio que aporta datos y plantea cuestiones a la sociedad, la historia y el arte”
(Joan Rabascall, 1976)
Irónico, mordaz y provocador, la obra de Joan Rabascall (Barcelona, 1935) siempre ha girado en torno a la denuncia política y social. Tras instalarse en París en 1962 gracias a una beca para estudiar en la Escuela Nacional de Bellas Artes comienza poco después a desarrollar su carrera como artista conceptual. Rabascall utiliza su arte como una denuncia ante las formas artísticas tradicionales cuestionando incluso lo que hasta entonces habían sido los conceptos ideales de belleza, técnica o calidad utilizando para ello nuevos soportes y medios plásticos como son la impresión digital, la reproducción fotográfica o el video. Una auténtica ruptura ante los convencionalismos artísticos y estéticos previos; ahora la idea o el concepto cobran un valor fundamental.